
Nick Broomfield, de 60 años, uno de los documentalistas de cine más osados y originales del Reino Unido, habló con el diario español El País sobre su última película, La batalla de Hadiza, ganó el premio al mejor director en el último festival de cine de San Sebastián. No es en este caso un documental sino una ficcionalización, narrada con el frío candor de un reality show, de lo que pasó en la ciudad iraquí de Hadiza en noviembre de 2005 cuando un pelotón de marines masacró a 24 civiles como represalia por la muerte de uno de los suyos. Broomfield rodó la película en Jordania y utilizó como actores a ex marines y refugiados iraquíes.
“Los marines estaban cagados de miedo al principio, y con cierta razón”, recuerda Broomfield, un individuo con el equilibrado encanto de alguien que lo ha visto todo y ha decidido que, en vez de amargarse, se va a tomar la vida con optimismo y serenidad. “Hubo un choque violento cuando uno de los iraquíes enloqueció al enterarse de que entre los marines había cuatro que habían combatido en Faluya, donde habían matado a su hermano”. Entendió Broom-field que para los iraquíes los marines eran unos asesinos monstruosos y para los marines los iraquíes eran “sucios y traicioneros”.
Tras tres semanas de tensa convivencia, uno de los asistentes de Broomfield sacó un balón de fútbol. “Ese día se rompió el hielo. Jugaron todos juntos, empezaron a hacerse bromas, a verse mutuamente como seres humanos”. Broomfield volvió a Jordania meses después a mostrar la versión final de la película a su elenco iraquí. “Me quedé atónito ante la calidez que expresaron por los marines. Me preguntaron por cada uno de ellos: que cómo estaban; que si los de Faluya se habían recuperado del trauma que les había supuesto la experiencia iraquí”.
Las conclusiones que saca Broomfield, cuya película ha sido calificada por el Financial Times como “la mejor que se hará sobre la ocupación de Irak”, son dos. “Que en una situación de guerra es imposible avanzar en las relaciones humanas. Y que en una guerra, en cualquier guerra, es inevitable que se produzcan atrocidades contra civiles. Sabiendo esto, los arquitectos de la guerra de Irak -Bush, Rumsfeld, Cheney, Blair y compañía- deberían ser procesados por crímenes de guerra, del mismo modo que lo están siendo hoy, ante un tribunal militar estadounidense, marines de 17 años acusados de participar en las matanzas de Hadiza. Me parece grotesco que un presidente que ha legitimado la tortura evada la justicia y pase plácidamente al retiro, mientras que los chicos soldados bajo su mando acaben en la cárcel tachados de asesinos”.